jueves, 30 de noviembre de 2017

La tragedia de los orfanatos

por Georgette Mulheir
CEO Fundación Lumos
En Europa y Asia Central cerca de un millón de niños vive en grandes instituciones, normalmente llamadas orfanatos. Se piensa en los orfanatos como lugares agradables donde cuidan a los niños. Otros conocen mejor las condiciones de vida, pero piensan que son un mal necesario. Si no, ¿en qué otra parte pondríamos a todos esos niños que no tienen padres?

60 años de investigación han demostrado que al separar a los niños de sus familias y colocarlos en grandes instituciones se perjudica seriamente su salud y su desarrollo, especialmente el de los más pequeños. Cuando un bebé nace, no ha completado el desarrollo de los músculos ni tampoco el del cerebro. Durante los 3 primeros años de vida, el cerebro crece hasta alcanzar su tamaño completo; sobre todo durante los primeros 6 meses. El cerebro se desarrolla reaccionando a experiencias y a estímulos. Cada vez que un bebé aprende algo nuevo (a enfocar los ojos, imitar un movimiento o una expresión facial, a levantar algo, formar una palabra o sentarse derecho) se forman nuevas conexiones sinápticas en el cerebro. Los padres se asombran por la rapidez del aprendizaje. Se maravillan y se extasían con la inteligencia de sus hijos. Les comunican su alegría y estos responden con sonrisas y con deseos de lograr más cosas y aprender más. Esto forma fuertes lazos entre padres e hijos y es la base del desarrollo físico, social, lingüístico, cognitivo y psicomotor. Es el modelo para todas las futuras relaciones con amigos, compañeros e incluso con sus propios hijos. Sucede de una manera tan natural en la mayoría de las familias, que ni siquiera lo notamos. La mayoría no nos damos cuenta de su importancia para el desarrollo humano y para el de una sociedad sana. Sólo cuando falla empezamos a entender la importancia de la familia para los niños.

En agosto de 1993 tuve por primera vez la oportunidad de ver, a gran escala, el impacto en los niños de la reclusión y la ausencia de los padres. Algunos recordamos los informes periodísticos procedentes de Rumanía tras la revolución de 1989, cuando vimos con horror las condiciones de algunas instituciones. El director de una gran institución me pidió que lo ayudara a prevenir la separación de los niños de sus familias. Ceausescu confinó a 550 bebés en un orfanato, y me dijeron que las condiciones eran ahora mejores. Tenía mucha experiencia con niños pequeños y esperaba encontrar un gran alboroto, pero había un silencio conventual. Era increíble creerse que hubiera niños. El director me mostró, salones y salones llenos de filas y filas de cunas, cada una con un niño acostado mirando al vacío. En una sala con 40 recién nacidos, ninguno lloraba. Se veían pañales sucios y se notaba que algunos estaban angustiados, pero el único ruido era un suave y continuo quejido. La enfermera jefe me dijo orgullosa: "Como puede ver, nuestros niños se portan muy bien". En los siguientes días empecé a darme cuenta de que este silencio no era excepcional. Los bebés nuevos lloraban las primeras horas, pero como no recibían atención, al final aprendían a no molestar. A los pocos días estaban apáticos, aletargados, mirando al vacío como los otros.

Muchas personas e informes periodísticos culpan al personal de las instituciones por el daño que les causan, pero a menudo una sola persona tiene que cuidar a 10, 20 o hasta 40 niños. Así, no tienen otra opción que imponer un programa estricto. Hay que despertarlos a las 7 y darles de comer a las 7:30. A las 8 hay que cambiar pañales. El encargado tiene solo 30 minutos para alimentar a 10 o 20 niños. Si uno ensucia su pañal a las 8:30, tendrá que esperar varias horas a que lo cambien. El contacto diario con otra persona se reduce a unos pocos minutos mientras lo alimentan y lo cambian. Los otros estímulos que encuentra son el techo, las paredes y los barrotes de la cuna.

Desde mi primera visita a la institución de Ceausescu, he visto cientos de instituciones de este tipo en 18 países; desde la República Checa hasta Sudán. En todos estos países con culturas tan diversas, las instituciones y el paso de los niños son igualmente deprimentes. La carencia de estímulos externos a menudo conduce a comportamientos autoestimulantes, como aletear las manos, mecerse repetidamente o agredir. En algunas instituciones usan drogas psiquiátricas para controlar el comportamiento de los niños, y en otras los amarran para evitar que se hagan daño o hagan daño a los otros. Se los etiqueta rápidamente como discapacitados y se los transfiere a instituciones especializadas. La mayoría no dejan nunca esas instituciones. Los que no tienen discapacidad, a los 3 años son transferidos a otros lugares. Y a los 7 años los pasan a un tercer lugar. Segregados por edad y sexo, son arbitrariamente separados de sus hermanos, con frecuencia sin oportunidad de despedirse. Raramente hay suficiente comida. A menudo tienen hambre. Los mayorcitos acosan a los pequeños. Así aprenden a sobrevivir. Aprenden a defenderse, o sucumben.

Cuando dejan la institución, no es fácil para ellos desenvolverse e integrarse en la sociedad. En Moldavia, las jóvenes que crecieron en instituciones tienen 10 veces más probabilidades de ser vendidas. Un estudio ruso mostró que 2 años después de dejar la institución, el 20% de los jóvenes ya tenía antecedentes penales, el 14% estaba en la prostitución y el 10% se había suicidado.

Entonces, ¿por qué hay tantos orfanatos en Europa, cuando no ha habido grandes guerras ni desastres últimamente? En verdad, el 95% de esos niños tienen padres con vida. La sociedad culpa a esos padres por abandonar a sus hijos, pero las investigaciones muestran que la mayoría los quisieran conservar, y que las principales causas de la reclusión son la pobreza, la discapacidad y la etnicidad. En muchos países no hay escuelas integradas y se envía a los niños, aun con discapacidades muy leves, a internados especiales a los 6 ó 7 años. La institución puede estar a cientos de kilómetros del hogar. Si se trata de una familia pobre, no es fácil visitarlos y poco a poco se quiebra la relación. 

Tras cada uno de estos niños, usualmente hay una historia de padres desesperados que sienten que no tienen otra opción. Como Natalia, en Moldavia, que sólo tenía dinero para alimentar a su bebé y por eso tuvo que enviar al mayor a una institución. O Desi, en Bulgaria, que cuidaba de sus 4 hijos en casa, hasta que murió su esposo. Entonces tuvo que salir a trabajar a tiempo completo, sin ningún otro respaldo. Sintió que no tenía más alternativa que dejar a su hijo discapacitado en una institución. O las incontables jovencitas que aterradas de contarle a sus padres su embarazo, dejan a sus hijos en el hospital. O los nuevos padres, parejas jóvenes que descubren que su primer hijo tiene una discapacidad y, en lugar de darles información positiva sobre el potencial de su hijo, hay médicos que les dicen: "Olvídense. Déjenlo en una institución. Vayan a casa y produzcan uno sano".

No tiene que ser así, no es inevitable. Todo niño tiene derecho a una familia. Merece y necesita una familia. Y son increíblemente capaces de adaptarse. Hemos visto que, si se sacan pronto de las instituciones y se llevan a familias afectuosas, se recuperan de sus retrasos de desarrollo y logran tener vidas normales y felices. También es mucho menos costoso darle apoyo a las familias que sostener las instituciones. Un estudio sugiere que el sustento en una familia cuesta el 10% de lo que vale en una institución. Y en un buen hogar sustituto cuesta aproximadamente el 30%. Si se invierte menos en esos niños, pero en los servicios adecuados, podremos reinvertir la suma ahorrada en cuidados de alta calidad en hogares para aquellos niños con necesidades especialmente complejas.

En toda Europa hay un movimiento creciente para cambiar el enfoque y transferir los recursos de las grandes instituciones que proporcionan cuidados deficientes, a servicios comunitarios para proteger a los niños y permitirles desarrollar todo su potencial. Cuando empecé a trabajar en Rumanía, hace 20 años, había 200.000 niños en instituciones, y cada día llegaban más. Ahora hay menos de 10,000 y en todo el país hay programas de apoyo familiar. En Moldavia, a pesar de la extrema pobreza y los terribles efectos de la crisis económica mundial, el número de niños en instituciones se ha reducido en más del 50% en los últimos 5 años y los recursos se redistribuyen para el apoyo a las familias y a escuelas integradas. Muchos países han adoptado planes de acción para el cambio. La Comisión Europea y otros grandes donantes están encontrando la manera de desviar los fondos de las instituciones hacia el apoyo a las familias, empoderando a las comunidades para que cuiden de sus propios niños.

Pero todavía hay mucho que hacer para terminar con la reclusión sistemática de niños. Se necesita despertar la conciencia en todos los niveles de la sociedad. Es necesario hacerles saber el daño que las instituciones causan a los niños y las mejores alternativas que existen. Si sabemos de personas que están planeando ayudar a orfanatos, debemos convencerlos para que apoyen a servicios familiares.

Esta es una forma de abuso de menores que juntos podremos erradicar en nuestra época.

fuente: www. Ted.com

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